Raúl Martínez Otaño, una semblanza personal

Share

A raíz de su muerte, el 2 de junio de 2007, cuando lo dejamos definitivamente en el cementerio de “Agapito”, donde descansan mi familia y muchos amigos, escribí las palabras que a continuación pongo a disposición de los lectores:

Hay un paso que no queremos dar. Pasamos, de golpe, a internarnos en la memoria. Salimos de la realidad concreta y vamos hacia un impreciso más allá, o muy preciso, solo que sin dilucidar del todo. Por desgracia nos involucramos en el viaje sin retorno, más natural que la llegada de esperanzas para vivir la vida que nadie puede vivir por nosotros, aunque se empeñen. Es la filosofía del presente, el pasado y el futuro. Por fortuna, nacen más, crecen nuevas semillas. Otros se siembran para siempre. Algunos en el infinito por glorias épicas, políticas, culturales, deportivas… Otros quedan en el recuerdo de quienes los quisieron, les perdonaron los yerros y aplaudieron hazañas de hombre común. Prefiero detenerme en mis inmortales, que anduvieron por el mundo lleno de paradojas, con la frente alta. Y basta.

Por mucho que trato de ir a las raíces y recordar cuándo, cómo y dónde conocí a Raúl Martínez Otaño, no lo logro. Entonces me doy por vencido y me repito hasta la saciedad que desde siempre, no importan los detalles. Sus contemporáneos de Minas de Matahambre lo tendremos presente, porque nos llevó colgados de su brazo invencible en aquel montículo que adoró y tanto le retribuyó. Raúl solo conoció la pelota, en nuestro pueblo no existía otro deporte, alguna vez practicaron el fútbol, en los inicios del pueblo. No él, ni Felipe, ninguno de nosotros. La otra instalación era la cancha de tenis de campo, exclusiva para los norteamericanos y algunos de la aristocracia obrera autorizados a entrar al Casino Americano, el mismo que después fue Círculo Social y hoy EMO Club. Con la Revolución, Rolando Beades y yo inauguramos, junto a otros pocos, el baloncesto. Raúl iba a ver aquellos juegos, para él vedados por su sangre beisbolera. Eso sí, perseguía como Nené, las peleas de boxeo.

Tendría que buscar con paciencia de orfebre la virtud que le trasciende, pero rescato, sobre todas, el temple de los Martínez. El viejo Don Tomás fue de los más respetados, hasta temido, a pesar de ser una persona decente, querida. Cariño in crescendo por la gloria de sus hijos Nené, Nancio, Raúl y José Manuel, a quien Nené apodó Casquillo y es el benjamín, también del box. Don Tomás y Virginia Otaño fundaron una familia para recordar en un pueblo de gente buena, hacendosa, brava. Había entereza poco común para parir doce hijos y mantenerlos con honor a base de sacrificios, en tiempos donde las enfermedades benignas se volvían malignas, por obra y gracia de la falta de ciencia y de recursos económicos.

Raúl había nacido el 15 de mayo de 1943. Con quince años se convirtió en una figura respetada de la fortísima pelota de aquellos lares, junto a encumbrados como su hermano e ídolo Nené, René Melo, Barrilito Olivero, José Gandoy, Iso el Clavo Osaba y otros. Alternaba en el montículo con Nené, Tite Cruz, Raúl Yoga, el Moro de Quinto, y Nancio, con los importados Dámaso Torres, El Diamante Negro, Eulogio Osorio Patterson y el segunda base profesional, un infiltrado, Alejandro García Chaternaux. Se convirtió en el gran abridor, la figura de confianza de los directores, con similar figura del hermano, nunca se ocultó para reconocerlo faro y guía. Abrazó la causa beisbolera por él, también el montículo, pues con el madero no llegaría a nada. Éramos casi niños y nos íbamos a jugar a la Represa, al estadio, a cualquier lugar donde se pudiera, que en las Minas no había muchos, él siempre entre los primeros.

Con escasas dos décadas de vida y un nombre para respetar, fuimos llamados a filas del Servicio Militar Obligatorio, en la Unidad 3234 de Artemisa. Estuvimos tres largos años, desde abril de 1964 hasta junio de 1967. Fue el pitcher estelar de la Unidad, reclamado para las Series Nacionales. Jugó con el también desaparecido Miguel López, Luis Miranda y tantos otros. Yo iba con ellos siempre que podía, aunque no estuviera en el roster. Aquella etapa la recordaba con orgullo, nunca faltó a las fechas conmemorativas para celebrar por todo lo alto, con sus antiguos compañeros de armas.

Prefiero no hablar de estadísticas cuando me refiero a un hermano, suelen enfriarse los razonamientos. Además, pueden encontrarse en todas las Guías de Béisbol, con sus siete temporadas en equipos vueltabajeros, OCCIDENTALES e INDUSTRIALES. Él se llevó muy dentro aquellas lides donde lo mismo ponchaba a Capiró que el slugger le conectaba un jonrón, como el que bautizó al Capitán San Luis, la tarde del 19 de enero de 1969. Él pegó pelotazos a quienes lo ofendieron y sirvió en bandeja de plata rectazos de humo al Gigante del Escambray. Allí, con su inseparable Felipito, El Zurdo Pérez, Llende, el recordado Bololo Serrano, Papito Cruz, Luis y Genaro Castro, Berto Chori, Tomás Valido, Nilo Delgado, Luis Miranda, Emilio Salgado, Chiche el Catcher y tantos más, tuvo momentos de esplendor, sembrando la semilla del buen béisbol pinareño.

Después, con el tiempo, aprendería de las competencias atléticas, que lo absorbían. Nos llamábamos para comentar alguna jugada de la Liga Mundial de Voleibol, una carrera de Ana Fidelia o Juantorena, la pegada de Stevenson o el batazo de Casanova. Era capaz de dilucidar complejas situaciones del juego en cuestión de segundos, como profundo conocedor del mundo que le rodeó, los deportes en el centro del colimador, aunque saltaba con soltura para un discurso de Felipe en Naciones Unidas, los desatinos de Bush y las guataquerías de Aznar. Admiró al Che, Raúl, Fidel, Almeida y Camilo. Hasta en los momentos más difíciles del Período Especial, que vivimos juntos, pared con pared, trago con trago y calamidad con calamidad, estuvo optimista con su Revolución, porque fue genuino, fiel y consecuente con los principios. Apegado a ella, criticó lo mal hecho, defendió sus derechos y no escatimó esfuerzos para poner las cosas en orden, o al menos tratar de que así fuera. Una tarde de elecciones, a las seis en punto, me pidió que lo acompañara a la mesa electoral para ver cómo hacían las cosas y vigilar posibles entuertos, como lo sanciona la Constitución. Fuimos los únicos, pero nos mantuvimos y todo estuvo en orden, con algunas malas caras, con desconfianza o por el arte de la rareza.

Por eso digo que Raúl fue auténtico con aquello de “al pan, pan y al vino, vino”. A sacarlo fueron una tarde de la cafetería del Capitán San Luis, cuando se bebía una cerveza, el mismo estadio que con sus manos ayudó a construir en su época de esplendor. Siempre he creído que aquel desventurado que osó desafiarlo no sabía con quién se metía. Sin pronunciar palabras, lo arrastró hacia el final de la cantina, lo tiró al suelo y le hizo saber de su pasado. Nunca más regresó, aunque tanto disfrutara la pelota y de aquellas frías. Dicen que todo transcurrió con la naturalidad del mundo. Así hizo mutis una figura de primer nivel del béisbol vueltabajero, que nada reclamó, porque su vida iba más allá de una simple escaramuza.

Cuando promulgaron la Resolución sobre el retiro de las glorias deportivas, Raúl no estuvo en la lista, por los requisitos. Fue a La Habana, se entrevistó con las autoridades del béisbol, lo habló en Pinar con todos, reclamó, más que para él, para algunos de sus compañeros, pero no tuvo éxito, por razones que no entendería. A él poco le importaba el dinero, no ambicionó nada material, solo quería que la gente recordara que, como tantos otros, había fundado la pelota vueltabajera; se conformaba con la simpleza. Pero partió con eso dentro. Un día no habló más del asunto ni asistió a ninguna otra festividad beisbolera ni ceremonia, solo a nuestra Peña, su Peña Deporte y Cultura, del Centro “Hermanos Loynaz”.

Fue el relevista del primer juego del Capitán San Luis y no quiso ir a la reinauguración del estadio a principios del siglo XXI. Se extrañó su presencia, sus compañeros preguntaban por él, desde el legendario Asdrúbal Baró, hasta manager, Gallego Salgado. Casi le imploré, pero él, fiel a sí mismo, no asistió. Y punto. A Raúl había que asimilarlo así. No creía en la gente que miraba por encima del hombro. No repartía saludos, se quejaba cuando íbamos a algún lugar y me detenía, por la herencia de mi padre a presentar respetos. Prefería andar serio, como abstraído en sus pensamientos, quizás buscando algún personaje para Operación Secreta, donde dejó gratos recuerdos. Acumuló una vasta experiencia como investigador criminal y supo llevar con maestría sus casos a la radio.

Lector voraz, se bebía en un dos por tres un libro enjundioso y profundo y daba su perenne opinión. Era selecto en cuanto llevaba a los ojos, no se detenía en cosas triviales, supo aprovechar esa virtud para ampliar el espectro cultural. Por eso se nutrió de un cúmulo de conocimientos envidiables para crear, de la vida diaria que trabajó, personajes que calaron hondo en el pueblo, así como el rechazo a los malos, a quienes no les negó algunas virtudes, como mortales al fin. Escribió Operación Secreta durante años para Radio Guamá, un serial en el centro del dial, con las mayores audiencias. Hay otros escritores en ese espacio, pero ninguno, aunque lleve mayor virtud literaria, tuvo el choque directo con aquellos personajes a los que después dio vida con nombres que alguna vez le critiqué. Dejó un manuscrito de más de cuarenta páginas inéditas, que ojalá pueda ver la luz más temprano que tarde. También colaboró en emisoras nacionales, como Radio Arte.

De igual modo incursionaba en la palabra escrita. En nuestras tertulias leyó algunas crónicas costumbristas con bis cómica de exquisita factura. Esos manuscritos los tuve en casa, le aconsejé algunas cosas y lo oyó como un hermano mayor puede oír al que le sigue. Tuvimos poco tiempo para perfeccionarlos y enviarlos a la Editorial. En ellos da cuerpo escriturario a sus más vívidas imágenes de las Minas, de su andar por la pelota y de su vida cotidiana. Algunos los utilicé, con su permiso, en Nosotros los peloteros, un homenaje a nuestro pueblo que disfrutó como pocos, donde no vacilé en dedicarle un capítulo, ni podía dejar de hacerlo. Ahí recordó a Macho Tomás, su hermano mayor, también sui géneris y desaparecido poco después que Raúl.

Conoció de mis libros antes que nadie, cuando eran ideas e ilusiones, me dio mucho ánimo. Por la agudeza de sus criterios, lo entrevisté en el comedor de mi casa para El señor Pelotero, el 22 de febrero de 1997, pues admiró a Casanova más que a ninguno. No por casualidad le pedí el prólogo de Cosas de la Pelota (De Cooperstown a Las Minas), (Ediciones Loynaz 2002). Con humildad trató de declinarlo, otros encumbrados le antecedieron, pero insistí, sería solo para él. Acudió a cuantas presentaciones hicimos. Lo leía con gusto y pasión, consciente del buen hacer.

Cuando le comenté que quería crear una Peña Deportiva Cultural en el Centro de Promoción y Desarrollo de la Literatura “Hermanos Loynaz”, solo puso una objeción, no quería tener como contertulios a la gente que le hizo daño, y lo cumplimos. Pensé en él para Presidente, pero propuso, con toda justicia, a su amigo y compañero, el legendario Roberto Guajiro Llende, él estuvo en Relaciones Públicas y se desvivió por dar a conocer en los diferentes medios nuestro modesto quehacer por rescatar la gloria vivida por el deporte vualtabajero. Allí participó, leyó sus escritos, comentó, bebió y disfrutó con boleros de antaño que tanto le recordaban las victrolas de bares mineros.

Como buen mortal, tuvo defectos, así lo prefiero, de otra forma me hubiera defraudado. Fumó y bebió más de lo prudente, lo que laceró su salud con un estómago ulceroso, de poco comer. Fue nulo en la casa, su Margarita, esa mujer con nombre de flor que lo anidó como se acurruca a un niño, hacía los quehaceres. Prefería, como buen pelotero, picar a comprar cigarrillos. A veces evitaba las comunicaciones. Pudo parecer un pesado, pero pocos tienen un sentido del humor tan fino y educado; sencillo mortal al ciento por ciento. Y eso lo engrandece.

En medio de desafinaciones y sorbos etílicos, nuestras familias se unían, como buenos vecinos, a improvisar boleros en el portal de la casa en aquellos memorables apagones de los años noventa del siglo XX. Entre trago y trago, recorríamos las casas mineras con sus muertos, emigrados y figuras descollantes. Nunca pudimos retraernos de aquel pueblo entre colinas que llevamos en la sangre. A Raúl le brillaban los ojos cuando nos íbamos, en las remembranzas, a las profundidades del coto minero. Margarita, Boris, Raulín, mi buena Carmen, Nora Alina y hasta la perrita Lany Hall dan fe de ello.

Vivió como Sinatra, a su manera. Mensajero, cantinero, pelotero, militar, investigador criminal, abogado, asesor legal, escritor y muchas cosas más, pero sobre todas crece el calificativo de genuino. A nada ni a nadie temió, no se anduvo con remilgos para decir lo mal hecho, aunque le costara caro. No comió a casa de nadie ni negó agua al sediento, le bastó con andar humildemente.

Felipe me pidió el último adiós para Raúl. Tendría mucho que decir del amigo, pero no hubiera podido, las palabras no saldrían y preferí hacer estas minutas en la soledad. De la tranquilidad que él siempre reclamó, brotó esta sencilla evocación. Hasta pronto hermano, cuando algún pitcher piense todo lo que tiene que pensar, lleve tu coraje, se concentre en lo que hace y desafíe a los estelares, pensaré en ti. Te lo prometo, como te prometí y cumplí, hacerme escritor.

Tomado de http://www.guerrillero.cu/index.php/deportes/beisbol/cosas-del-beisbol/4746-raul-martinez-otano-una-semblanza-personal

Share