Y el Profesor silenció al Bambino

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profesor_bambino_fpt2Por Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

“Señoras y señores: Llegó el momento esperado por todos. Esta tarde, en el Delta Park, El Profesor Bragaña enfrentará al gran Babe Ruth. Quedan pocas plazas libres. ¡No se lo pierdan!…” Era el 30 de mayo de 1946.

Así debieron retumbar las bocinas por la capital mexicana y sus alrededores, cual lidia de toros en plena demanda. Altoparlantes de ocasión, y la radio no quedó atrás. Era la gran fiesta, un encuentro memorable. Nadie quería perderse el show. Los patrocinadores habían logrado atraer, con buenas ofertas, al hasta entonces máximo jonronero de la historia, el hombre que salvó el béisbol con sus descomunales batazos, cuando lo pusieron en peligro las jornadas lúgubres de los MEDIAS BLANCAS DE CHICAGO, que por aquel entonces recibieron el epíteto de Medias Negras. Y no era para menos.

Según Tomás Morales, en Un Diamante Escarlata. Editorial Sestante S. A. Ciudad de México, 1996, p. 19:

“El 30 de mayo, Jorge Pasquel invitó al fenomenal Babe Ruth, quien recibió una gran ovación de los aficionados mexicanos, tanto así, que el gran beisbolista y el gran magnate sintieron los ojos mojados al pasear por el terreno recibiendo los aplausos que llegaban al corazón del jonronero, que puso todas sus facultades para convertir al béisbol en el rey de los deportes…”

La convocatoria, como al descuido, omitía hablar de exhibición, de ofertas simples sobre home, para ver las esféricas a distancias siderales. El más grande de los blancos, contra uno de los mejores negros. Como era de esperar, desde horas tempranas, con precios altos se llenó la instalación. Cuentan que miles quedaron fuera con la exigencia de un “huequito”, otros se parapetaron donde pudieron. ¡El gran Bambino en persona!

Ramón Bragaña vivió setenta y seis años exactos. Había nacido el 11 de mayo de 1909, en La Habana, y salió por la puerta ancha de este mundo, el mismo día de 1985, en Puebla, México. El Profesor acostumbraba a dar consejos con dominio absoluto del arte de lanzar, para ser más efectivo en los momentos difíciles, como en aquellos encuentros de leyenda frente a Martín Dihigo y otros estelares de la pelota cubana. Por sus resultados, está entre los mejores de la primera mitad del siglo XX. Buena velocidad, pronunciada curva, efectivo slider y excelente control sobre la zona baja.

Según Alfredo Santana, en El Inmortal del Béisbol, p. 93:

“Por aquellos años se hicieron frecuentes, para los aficionados, los duelos dominicales entre Dihigo en la lomita del HABANA, y el no menos lanzador estelar cubano Ramón Bragaña, vistiendo la franela azul del ALMENDARES, considerado por muchos entendidos en la materia como el que le ha disputado a Dihigo el tercer lugar entre los pitchers cubanos surgidos antes del triunfo de la Revolución, aunque se sitúa al Inmortal antes que él…”

El lector podrá deducir que los aludidos son Adolfo Luque y José de la Caridad Méndez, aunque bien pudieran ser Marrero, Camilo Pascual, Luis Tiant Jr., el zurdo Mike Cuéllar…

El Profesor participó con varios equipos en ocho temporadas de la Liga Profesional Cubana y en dos torneos independientes, donde alcanzó un balance de 48-38 (.558), pero su consagración definitiva fue con el ALMENDARES de 1941-1942, cuando propinó cuatro lechadas consecutivas y alcanzó 39 y dos tercios de entradas sin permitir carreras, un récord formidable que se mantendrá por los siglos de los siglos en el fenecido circuito beisbolero.

Acumuló anécdotas, pero nunca perdonó el racismo que le prohibió probar su clase en Grandes Ligas. Había llegado a México a inicios de los cuarenta y hasta 1951 llenó toda una época con LOS AZULES DE VERACRUZ, donde implantó un récord sostenido de 179 victorias. En aquellas tierras, también con otros equipos, se proclamaría el máximo vencedor: 211-162 (.566).

El Bebé de Dunn (1895-1948), como también llamaron a Ruth, tenía bien presente la tarde del 5 de noviembre de 1920, en el Almendares Park II, cuando en pleno ejercicio de sus facultades atléticas, lució ridículo ante el negro Cristóbal Torriente, quien despachó tres cuadrangulares ante sus asombrados ojos. Él venía de conectar 55 en aquella temporada en las Mayores, y el empresario Abel Linares le llenó los bolsillos con dos mil dólares por desafío, para jugar en la capital con los NEW YORK GIANTS, contra HABANA y ALMENDARES.

Su personalidad se acrecienta en el tiempo, hasta ocupar la posición cimera. Mas no estaba acostumbrado a jugar contra hombres de piel oscura, ni se negaría a hacerlo, como Ty Cobb. Escribió su historia de Grandes Ligas con resultados fabulosos: en 2503 juegos y 8399 veces al bate, conectó 2873 hits, para average de .342, con 2174 carreras anotadas, 2213 impulsadas, 506 dobles, 136 triples, y 714 jonrones. Recibió 2062 bases por bolas y se ponchó en 1330 ocasiones, con 123 bases robadas, para terminar con slugging de .690. Varios de sus récords se conservan en la actualidad. Y había sido un excelente lanzador.

Su figura no pasaba inadvertida por donde se jugara a la pelota y en el mundo de la farándula, que frecuentó asiduamente. Fue así como a fines del mayo de 1940, aceptó la invitación para ofrecer demostraciones de poder en el Delta Park capitalino, sede de los DIABLOS ROJOS DE MÉXICO. El estelar Ramón Bragaña había sido designado para lanzarle. El cubano se distinguió por su carácter fuerte, extrañamente criollo, y no aceptaba improperios por el color de la piel. Por la rebeldía de sentirse excluido, se había alejado de las Ligas Independientes de Color, en los Estados Unidos.

Dos filosofías diametralmente opuestas, una concepción más conservadora vs la entrega total. La ciencia y el arte de lanzar y batear, resumían una jornada para no olvidar. El papel de cada cual quedó establecido y, con ello, el camino expedito para el show. Semanas antes y después, en México no se habló de otra cosa. Babe Ruth, tranquilamente confiado, trasnochó la jornada anterior, a fin de cuentas serían algunos batazos de exhibición y se echaría encima un buen fajo de billetes. Para Bragaña era una cuestión de honor. El Bambino, a pesar de sus ancestros latinos, era un fiel reflejo del béisbol blanco, pero el cubano mucho había sufrido, relegado de las plazas más emblemáticas, cargando mucho talento.

Y llegó la hora esperada, con el estadio al borde de la implosión. Las apuestas subieron de tono: –Ya Babe no le batea al Profesor. -Pasaron sus mejores años y el negro está entero. -Eso te crees tú, todavía hay Bambino para rato. –Algunos, tequila por medio, se fueron a las manos y la policía los sacó del recinto. Eran tiempos de broncas a los dos Pedros: Infante y Almendáriz; piernas bellísimas como las de Rosita Fornés y su tocaya de apellido Quintana; los chistes de Cantinflas y Tintán, así como los amores tormentosos de Arturo de Córdova y María Félix; todos a la sombra de los boleros de Agustín Lara y las rancheras de José Alfredo Jiménez.

Cuando el invitado, bien pasado en libras, salió lentamente del dugout, el estadio pareció temblar. Pese a su notoria fealdad, las féminas aplaudieron hasta el delirio y después buscaron algún autógrafo. Con movimientos circulares de un bate paseado por ambas manos, se arrimó al home plate, levantó el brazo derecho, implemento incluido, y anunció largos bambinazos en aquella ceremonia que, según algunos, le acompañaba cuando quería enardecer las multitudes.

Bragaña lo recibió de espaldas, frotando la pelota entre las manos y orientando a los jardineros a cargarse hacia el left field. Algunos, conociendo al cubano, presumieron lo que ocurriría. Un enfrentamiento informal entre figuras célebres, el mejor bateador y un pitcher para temer. ¡Bien lo sabían ambos!

Entonces sucedió lo que tenía que suceder. Ruth, con varios swings al aire, no pudo descifrar los lanzamientos duros y escurridizos del Profesor, ni siquiera encontró la esférica. Molesto, miró desconcertado hacia las gradas, donde los organizadores se comían las uñas. Volvieron a la carga y sucedió exactamente igual.

Sin opciones y ante la protesta de algunos, decidieron sustituir al pitcher, incriminado por no entender la intención del acto. El mexicano Alberto Romo Chávez llegó raudo al box, y fue entonces que George Herman Ruth pudo conectar dos bambinazos ante los fanáticos; los promotores respiraron a pulmón lleno. Aquella tarde, una vez más, el fin justificó los medios.

Poco después, aparecería en la prensa: “Romo Chávez recuerda ese instante como el más especial de su carrera, que tuvo grandes triunfos, inclusive sobre equipos de las Grandes Ligas…” Tomás Morales, Ob. cit., p. 18.

Según Elio Menéndez, inspirador de esta crónica, en su obra Swines a la nostalgia, p. 68:

“De inmediato, algunos periodistas la emprendieron contra el cubano. Calificaron de irreverente su actuación frente a Ruth, la cual tildaron de añorada venganza. En cambio, otros aplaudieron al Profesor, y hallaron oportuno un ajuste de cuentas dirigido, más que a Ruth, al béisbol discriminatorio que aquel representaba. En declaraciones públicas, un picaresco Bragaña comentó que no hubo nada de mala intención en sus lanzamientos, solo que, enfatizó, el mimado Bambino de la pelota blanca no había tenido suerte para conectar sus servicios…”

Ramón Bragaña, el Profesor, no pudo jugar en las Mayores, pero en La Habana de 1931, había sometido dos veces a un equipo de Estrellas de la Liga Nacional, con lechadas de 2 x 0 y 3 x 0.

Fue electo al Salón de la Fama del Béisbol Cubano en 1957 y al de México en 1964.

Y el Bambino sigue siendo el Bambino.

Tomado de http://www.guerrillero.cu/index.php/deportes/beisbol/cosas-del-beisbol/7674-y-el-profesor-silencio-al-bambino

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