“La Máquina” vuelve a las carreteras

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OLYMPUS DIGITAL CAMERANo suelo pecar de absoluto si de mi profesión se trata; es más, siempre he tenido miedo de serlo, pero después de concluir el diálogo que relataré a continuación y de consultar estadísticas y datos que este mundo prodigioso de Internet hoy facilita, no lo pienso dos veces para afirmar que acabo de conversar con el mejor ciclista rutero de Ciego de Ávila, de todos los tiempos.

Tampoco voy a entrar en comparaciones con este o más cual ciclista del terruño que también dieron alegrías a los amantes del mundo del pedal en el territorio. Aunque si algunos lectores lo entienden, este mundo digital del siglo XXI le otorga la posibilidad, al final de la entrevista, de ofrecer sus opiniones.

Pero yo no fui a la localidad de Majagua, a la casa de Eliécer “la Máquina” Valdés Prieto, a buscar comparaciones entre él y sus compañeros de época o de otras generaciones. Mi intención fue cumplir con un propósito que debí hacer realidad 12 años atrás y que, por un motivo u otro, parte de ella se congeló en un viejo block de notas. Me debía —¡le debía!— una entrevista a “la Máquina” Valdés.

Les cuento: La Vuelta Ciclística a Cuba del 2003 había sido seleccionada por Eliécer para decirle adiós al deporte activo. Y el veterano de 34 años de edad, principal hombre aún en la escuadra cubana, llegó a ese giro en buena forma para alzarse por primera vez con la victoria en el por entonces renacido giro antillano.

Pero la primera etapa, la difícil Baracoa-Guantánamo, con la escalada a La Farola, le jugó una mala pasada.

“La táctica de carrera para ese día era bien clara: los principales corredores del equipo debíamos tratar de llegar al Premio de Montaña, para, luego de la bajada, formar un grupo y pedalear juntos en el llano.

“Ese día, desde la partida, afronté dificultades con mi bicicleta y en la escalada llegué a la cima bien separado de los punteros. Pensé que Eduardo Alonso, por entonces director técnico del equipo, iba a ordenar aflojar la marcha en la vanguardia para facilitar que yo me conectara, pero orientó todo lo contrario.

“Llegué con más de nueve minutos de atraso a la meta en Guantánamo. Fue tanta mi amargura y mi malestar, hasta con mis propios compañeros, que decidí no continuar en la Vuelta. Y gracias a no pocos amigos que me aconsejaron que siguiera, fue que tomé de nuevo la largada al otro día en la segunda etapa. Yo estaba convencido de que descontar nueve minutos en una Vuelta, como la de Cuba, era casi un sueño.”

—Pero recuerdo que en la largada de la tercera etapa, en Santiago de Cuba, que tenía un final en la elevación de Vitorino, se te veía más dispuesto.

—Ese día gané la etapa, pero la diferencia seguía siendo enorme (siete minutos y 51 segundos) con respecto al entonces líder Yosvani Falcón. No desconté mucho, pero debo confesar que me sirvió bastante para levantar mi espíritu competitivo. Ya en la quinta etapa entré a Camagüey con un grupo de 10 corredores escapados y entonces mi desventaja era de seis minutos y ocho segundos. Los que no saben de ciclismo, podrán decir: ¡una bobería! Pero esa diferencia en este deporte es como una desventaja de 10 goles en un partido de fútbol.

—¿Esperabas que sucediera algo tan anormal como en la séptima etapa, en la que junto al norteamericano Todd Herriot lograste más de siete minutos de ventaja sobre los hasta entonces punteros en la General Individual?

—Uno nunca espera que suceda algo tan malo como lo que me ocurrió en La Farola en ese giro, ni tan buena como en ese tramo que terminó en el Prado de Cienfuegos. Cuando supe que Herriot era el nuevo líder y que yo estaba en el segundo puesto a solo un minuto y 48 segundos no me lo podía creer. Pero me fue imposible alcanzarlo en lo que quedaba de giro.

“En la penúltima etapa logré descontarle 36 segundos en una cronoescalada de 28 kilómetros entre Pinar del Río y Viñales, pero al final terminé con una diferencia de un minuto y 14 segundos del norteamericano. Siempre que pienso en ese febrero de 2003, me digo que pude ganar aquella Vuelta. No logré retirarme como quería, pero este deporte me dio muchas alegrías.”

—A propósito, qué te parece el estado actual del ciclismo de ruta en Cuba?

—Con pocas competencias, entre ellas la ausencia de Vueltas a Cuba, a poco se puede aspirar. Nos hemos quedado sin ruteros. Este es el peor momento, que yo sepa, que ha vivido el ciclismo en este sentido. Porque en la década de los ’90 se dejaron de correr las Vueltas a Cuba, pero la escuadra nacional iba a otros giros y demostraba su calidad. Yo mismo gané algunos internacionales en ese tiempo.

—Tuviste la oportunidad de correr con varios de los mejores ciclistas cubanos. ¿El que más te impresionó?

—No creo que en Cuba haya existido un corredor más completo que Pedro Pablo Pérez. Ese lo hacía todo bien. Era un demonio subiendo y muy táctico en los tramos planos, a lo que se une que, en los embalajes, era de los buenos, buenos.

—Y ahora, después de 12 años sin competir… ¿es difícil la función de entrenador en la Academia de la provincia?

—En el ciclismo siempre ha sido difícil ser entrenador, pero ahora mucho más, pues las bicicletas cada vez cuestan una cantidad de dinero increíble, pero al que le guste este deporte es muy difícil dejarlo. Ahora se habla de la posibilidad de que el próximo año se corra de nuevo la Vuelta a Cuba. Y ya estoy haciendo planes. Te adelanto algo: es posible que en el equipo Ciego de Ávila corra mi hijo Edieccer. Es como si te dijera que vuelvo a las carreteras.

 

Tomado de Invasor

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