Elpidio Jiménez: Mucho de nada y mucho de todo

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Elpidio-Jiménez-mucho-más-que-nadaPor Mario Martín Martín Foto: Michel Moro

Cuando veo cómo algunos lanzadores de esta época tienen que recurrir a sofisticadas técnicas de entrenamiento o sufrir constantes “palizas” por el manifiesto descontrol, tengo que pensar, casi por obligación, en Elpidio Jiménez Jiménez, el zurdo del municipio de Chambas que, sin una respetable velocidad, dominaba a su antojo a los bateadores rivales.

Este cronista, cuando daba sus primeros pasos como aficionado al béisbol, descubrió que no era necesario poseer dotes extraordinarias para ser un pitcher de resultados. Y su primer ejemplo fue, precisamente, Elpidio, quien al decir de Mario Salas —uno de los mejores técnicos de todos los tiempos de este territorio— “no tenía mucho de nada, pero sí mucho de todo”.

Y advierto: esta no es una entrevista con “un fuera de serie”. Sin ser un lanzador y bateador zurdo con números para grandes elogios en series nacionales, su trayectoria y entrega total en los equipos que militaba —esto lo saben los aficionados chamberos de la época— y su caballerosidad deportiva, lo convierten en un paradigma de la generación de peloteros avileños de la segunda mitad del pasado siglo.

—Si tuvieras que autoevaluarte como lanzador, ¿qué cualidad principal elegirías?

—Carecía de una recta que me hiciera respetar, por lo que me propuse, desde mis inicios, ser un pitcher con control. Me disgustaba desperdiciar lanzamientos. Quería que los envíos que no fueran strikes estuvieran muy cerca de serlo. Porque estaba convencido de que los bateadores también eran “descontrolados” cuando le hacían swing a un lanzamiento fuera de zona.

—¿Y cómo lo lograste?

—Cada quien tiene sus propias características, mas no coincido con aquellos que creen que el control solo se logra con ejercicios y haciendo prolongadas carreras. Para mí, la única fórmula es lanzar y volver a lanzar. Fíjate que los tiradores de control son los que más trabajan. Lázaro Santana era de los que si lo dejabas se encaramaba en el montículo todos los días.

Y sus lanzamientos, si no eran strikes, mucho lo parecían. Con él había que hacerle swing a la bola. Cuando un lanzador pasa muchos días sin actuar, casi nunca se presenta con la misma efectividad. Yo mantengo que con la velocidad se nace, pero saber poner la bola donde uno quiera, eso solo se obtiene con perseverancia.

—Actuaste en la lomita en series nacionales, también, en los tres jardines y en primera base. ¿Cuál te motivaba más?

—Disfrutaba el juego, no me importaba en qué posición fuera. Claro, como lanzador uno tiene más participación, pero un buen batazo, en un momento clave, también hace sentirse bien.

—Tenías fama de ser una persona seria y que respetabas a los demás de una manera que causaba admiración.

—No, no era tan serio. Sí prefería y prefiero respetar para que me respeten. Recuerdo que en una Serie salí a batear como emergente y disparé hit. En ese encuentro conseguí otro. El equipo atravesaba una baja ofensiva y todos esperaban que saliera de regular al siguiente día. Algunos compañeros le hicieron saber a Mario Salas que merecía jugar y él aclaró que en el próximo desafío, contra Pinar del Río, yo debía ser el primer lanzador abridor y era preferible darme descanso.

“Desde que llegué al estadio me preparé para calentar, para mi sorpresa, era otro el lanzador al que Mayito había ordenado el calentamiento. Con mucho respeto, y nada de sonrisas, le dije que eso no era lo que él había quedado conmigo y con el colectivo. Me respondió: ‘¿quieres lanzar hoy?, pues bien, tú serás el abridor’. Ese día colgué nueve ceros en la pizarra.”

—Recuerdo aquel jonrón que le pegaste a Gaspar Legón en el estadio Latinoamericano.

—Sí, me parece que fue ayer, aunque de ese partido, precisamente, tengo otros recuerdos no tan gratos. Ese día yo actuaba como lanzador, en aquel entonces no existía el designado. El batazo se lo di en el principio del tercer inning y Gaspar Legón, mi contrario en el box, en el final de ese capítulo, igualó el encuentro con otro cuadrangular.

Ahí no paró todo. En el sexto, me hacen una carrera y colocan corredores en primera y tercera con dos outs. En esa situación vino a batear Silvio Montejo y me conectó una rolata fácil al box. Cuando fui a tirar a primera, para poner punto final a la amenaza, se apagaron las luces del estadio y el árbitro Alfredo Paz hizo lo correcto: dar por nula la jugada y ordenar que volviera a batear Montejo. ¡Qué clase de jonronazo me dio!

—Recuerdo, que allá por los años ‘80, tú eras casi un Dios para los chamberos, pues en los torneos provinciales significabas mucho para el equipo del territorio, tanto como lanzador como a la ofensiva.

—En mi caso, y en la mayoría de los jugadores de aquella época, vestir el uniforme de Chambas en las lides provinciales era como un compromiso. Aquí siempre ha gustado mucho el béisbol y también de este terruño han salido peloteros de gran nivel. Yo no veía la diferencia entre jugar con la escuadra de la provincia o con la del municipio. Creo que por eso la afición, al ver la forma en que todos nos esforzábamos, nos regalaba tantas muestras de cariño.

Y aprovecho para decirte algo, no solo en aquellos tiempos, sino ahora, cuando he confrontado problemas personales y de enfermedad, jamás me ha faltado el cariño de la gente de aquí ni tampoco la atención de la Dirección de Deportes. He sabido de atletas que han sido olvidados después del retiro. Ese, para bien, no es mi caso.

Tomado de http://www.invasor.cu/deporte/6903-elpidio-jimenez-mucho-de-nada-y-mucho-de-todo

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