Tiene razón Luis Enrique cuando dice que lo ocurrido en París (4-0), la goleada europea que coloca al Barça al borde de la eliminación de la Champions, no viene caída del cielo, “no fue algo que ocurrió por casualidad”. Es más, pudo ser aún una goleada de escándalo. Así que, se supone, aunque, lógicamente, no lo reconociese anoche, que el milagroso 2-1 de ayer frente al modestísimo Leganés, casi en ‘los minutos de Sergio Ramos’, ha de considerarse también una consecuencia de algo grave que está ocurriendo en el seno del vestuario azulgrana. Es evidente que el Barça, que tendrá toda esta semana, por vez primera en meses, para poder reflexionar y, tal vez, quién sabe si mejorar física, táctica y mentalmente antes de viajar al Vicente Calderón, está en crisis por más que Luis Enrique insista en que solo están en dificultad en la Champions. Siguen vivos en las tres competiciones, cómo no, pero lo que no sigue vivo es el modelo, el estilo, la manera de jugar, de controlar el tiempo, de dominar el balón, de mandar, de crear ocasiones, de agradar, de disfrutar, de encantar y ganar con solvencia.
Claro que si no nos sirvieron las explicaciones del míster asturiano menos aún nos convencieron las palabras de Josep Maria Bartomeu, que salió para no decir nada, para, como decía el poeta, “miró al soslayo, fuese y no hubo nada”. Nada de nada porque ‘Barto’ no solo no calmó las aguas sino que no resolvió una sola de las dudas que habitan en la mente de todos los barcelonistas. Bartomeu salió para no decir nada y, lo peor, para no convencer, para no tranquilizar, para decir cosas tan obvias como que el Barça debe pensar ahora en la Liga y no en la Champions. Salió Bartomeu y pudo no haber salido. No hubiese pasado nada. Suerte que, luego, apareció el capitán Andrés Iniesta y pidió reflexión, una semana tranquila y, sobre todo, cariño, roce, mimo para todos “que es lo que necesitamos”. La situación es tan seria que hasta mosquea que Leo Messi no celebre su segundo gol; que sabe mal que los 70.000 culés, tristes, tan tristes como la ‘Pulga’, estén divididos entre el valor de algunos jugadores (y estoy pensando en André Gomes, que parece ahora el culpable de todo) e, incluso, sobre la continuidad de Luis Enrique, que si hoy, a las doce del mediodía, acudiese al despacho de ‘Barto’, antes de que se vaya a China, para firmar su renovación por dos años más, la firmaría sin problemas, sin conversación, sin rechistar, ni el presidente ni el entrenador.
Es evidente que, en el fútbol, los malos momentos, las crisis, los baches, se resuelven, se superan, se entierran con resultados, más que con buen juego. Pero es que resulta que el Barça siempre ha estado obligado a conseguir las dos cosas a la vez. Y, cuando no se producen ninguna de las dos cosas, todo acaba en dimisiones o ceses. La noche de ayer la hemos vivido demasiadas veces en el Camp Nou como para no intuir cómo acaba todo. Por suerte, la filigrana de Neymar Júnior y el patadón de Messi ha aplazado, de momento, el desenlace de algo que, sin recuperar el juego, no pinta bien. Y, desde aquí, solo agradecer a mi amigo Andoni Zubizarreta que acertase tanto, tanto, como para fichar a Marc-André Ter Stegen.
Tomado de Sport.es
