
Harry Kane debe tener esa infantil necesidad de suspenderse alrededor de todos los defensas. Quizás conciba el despegue como el fin primero de las supremacías, como alivio ante tantos minutos asentado sobre el mismo latifundio. La serenidad total del nueve desgarbado tiene que ver con cuánta repulsión siente por el despegue. A Kane, el salto probablemente le importe de un modo casi ridículo: para parecer remoto. Un tipo remoto, bien podría ser un ermitaño o un dios. La diferencia entre uno y otro es, por lo general, mínima. Está relacionada, de forma casi exclusiva, con la trascendencia que el resto le otorgue al despegue. Cuando Kane se eleva para cabecear, tarda un período considerable en regresar al punto de partida. Podría decirse que no confiesa, necesariamente, un rechazo por el despegue, sino adoración por la permanencia, que es, al final, una manera viable para justificar la soledad.
Los tipos que adoran no terminan siendo dioses. Son, a veces, tipos con miedo. Peter Crouch -en su momento fue idolatrado hasta la saciedad en algunos lugares- parecía tener miedo a cabecear el balón. En varias imágenes se lo veía espantado. Hay, en esas fotos, cierta anomalía lógica: si Crouch (2,01 metros de estatura) verdaderamente temía a los balones, entonces todos podrían tenerle pánico. Kane conoce que cualquier cosa puede ser venerable, excepto el miedo cuando es absurdo. Un miedo admirable podría ser el que actúe debido a la latencia de algún peligro y, por ello, mientras más tiempo permanezca en el aire, es menos posible la desgracia. Habrá menos hostiles. Habrá menos sacrificados. Pese a esto, Kane sabe que se está demasiado tiempo aferrado. Aferrado al césped, por ejemplo. Lidiar con eso requiere administrar los despegues, volverlos funcionales, utilizarlos para escapar, socorrer u ofender. Los despegues, en cada caso, deben ser metodológicos: operaciones para conseguir algo. Este fin de semana, contra el Arsenal, Kane volvió a suspenderse en el aire. En la repetición del gol se vio cómo el balón golpeó contra la cabeza del delantero y pareció dejarlo aturdido. Fue el salto, quizás, una cuestión de propósitos. Como quien se desprende de todo. Por si toca morir.
Tomado de:Cubadebate
