El juego del desgaste y de las hipocresías, en nombre de la Selección

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La bola de nieve es cada vez más grande y nadie la detiene. Cada uno juega su juego, mientras la cadena de papelones suma eslabones y la Selección de nuevo pierde.

Como si entre ellos no existiera un juego de desgaste e hipocresía, como si los dirigentes al entrenador no lo quisieran echar, como si el técnico no supiera que la obsesión de la conducción de la AFA es sacárselo de encima, como si nadie hubiera filtrado los detalles del contrato millonario del DT para erosionarlo todavía más frente a la opinión pública, Claudio Tapia, Daniel Angelici y Jorge Sampaoli se sientan a conversar sobre los últimos 45 días de la Selección y sobre ¡el futuro! ¿Qué futuro?

Resulta admirable como unos, los dirigentes, enfrentan el cara a cara haciéndose los desentendidos. Ni siquiera se preocuparon en todo este tiempo por responder el cóctel inacabable de preguntas disparadas por la Selección.

Ya en Bronnitsy, en pleno desarrollo de la fase de grupos del Mundial, habían dejado correr versiones en forma descontrolada que atacaban al técnico con máxima bestialidad. ¿O acaso se olvidan aquellas horas de locura desatada por el bombardeo de audios, de videos y de múltiples trascendidos que al DT lo desgastaban en modo impiadoso? En esos días apenas hubo un minimonólogo de Tapia que pareció pronunciado más por un pésimo profesor de periodismo que por un buen presidente de la AFA.

Tampoco Tapia y Angelici se mostraron interesados en desmentir, atenuar o ratificar las señales que desde sus entornos bajan manifestando una absoluta desilusión con Sampaoli por sus maneras de manejarse, por sus elecciones futbolísticas, por su inestabilidad emocional y deportiva, por su incapacidad para darle una mano al equipo.

En definitiva, si Tapia y Angelici no aclaran es porque convalidan lo que cuentan quienes a ellos los rodean. ¿Hay algún registro del presidente o del vicepresidente de la AFA indignados porque trascendieron los montos del contrato del entrenador? No. Más evidente, imposible: no quieren que Sampaoli siga y no les importa que su imagen se destiña al extremo. Si no lo echan es porque deben pagarle una fortuna como indemnización. Sólo por eso. El comunicado también los delata.

En esa partida de naipes en la que todos se desconfían, en la que se observan de reojo para descubrir si el de enfrente marcó alguna carta o se la guardó en la manga, Sampaoli apela a cualquier recurso para sobrevivir en ese cargo que tanto soñó y que lo desbordó como nunca nadie lo hubiera imaginado. Entonces, se muestra decidido a dirigir el seleccionado Sub 20 que jugará el torneo de L’Alcudia.

Podrán aquellos que defienden a esa determinación de Sampaoli argumentar que el casildense siempre se preocupó por los juveniles. Que en el complejo de Ezeiza, cuando los mayores no estaban, de repente se iba a la cancha, se insertaba en el entrenamiento que en ese momento realizaban y comenzaba a regalarles indicaciones.

Si la siente con el corazón, vaya si vale esa postura de Sampaoli. Eso sí, lo que él y la buena gente que le quedó en el cuerpo técnico no podrán explicar es con qué autoridad el DT se les plantará a esos pibes que saben que resultó devorado por Messi, Mascherano y compañía. ¿Cómo les explicará a esos jugadores en formación que de repente lo abandonó Sebastián Beccacece, su principal ayudante de campo y responsable número uno del Sub 20, el hombre con el que sufrió montones de cortocircuitos, el técnico que a esos chiquilines lideraba? Seguro que los chicos no le preguntarán a Sampaoli ¿por qué el mismo día de su reunión con Tapia y Angelici justamente Beccacece asumía en Defensa y Justicia? ¿Y el proyecto? ¿Qué proyecto?

Imaginando que este escenario se sostenga en el tiempo, algo que parece muy difícil de concretarse, ¿qué grado de receptividad encontrará Sampaoli cuando les hable a los nuevos jugadores de la Selección que sueña armar sin que nadie le ponga condiciones?

No hay modo de creer en la reinvención de la Selección Nacional bajo estos parámetros de conducta. Se impone como una necesidad inmediata que la AFA ratifique con fuerza y convicción qué quieren hacer de verdad con Sampaoli. Un comunicado gris no alcanza. Ya hubo un papelón Mundial. Parece que no fue suficiente.

Tomado de https://www.clarin.com/deportes/mundial-2018/juego-desgaste-hipocresias-nombre-seleccion_0_Sy0mODWQ7.html

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2 comentarios

  1. Argentina, Messi, Macri
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    SEBASTIÁN FEST
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    10 jul. 2018 02:19

    ROBERT GHEMENT / EFE EL MUNDO

    Messi, genio. Maradona, drogadicto. Sampaoli, inútil. Son las asociaciones libres de los argentinos cuando una encuestadora, en estos días, les pidió que dijeran la primera palabra que se les viniese a la cabeza a partir de la mención de determinados personajes públicos. Sí, los argentinos son rápidos e ingeniosos: la lengua les funciona a la velocidad del sonido. Y, como dicen aquellos que se ven abrumados ante tanto despliegue, no es que hablen con doble sentido. Dominan un triple o cuádruple sentido que abruma y confunde al que no está acostumbrado a tratar con ellos.

    Ahora bien: los argentinos son también veloces para cambiar de opinión, y en eso el fútbol y la economía, sus dos fuentes de felicidad y drama, suelen ir a la par. Messi fue durante años eje de una historia que merecería un documental de National Geographic, de esos en los que se descubre una tribu perdida en la selva que vive fuera del siglo XXI y nunca vio un hombre blanco. ¿Perdón? Bueno, la Argentina fue, durante una larga década, el país que más despreció a Messi. Había otros 210 que hubieran pagado fortunas para que jugara en sus selecciones, pero en la tierra del río más ancho del mundo, el asado y el dulce de leche, el debate pasaba por si cantaba el himno y por su temperatura pectoral. “Pecho frío”, le decían millones de argentinos que, en su mayoría, jamás habían acertado siquiera un penal frente a un arco.

    Eso se solucionó: incluso tras el decepcionante paso por Rusia nadie cuestiona ya la jerarquía de Messi, y hasta la insistente comparación con Diego Maradona va perdiendo fuelle. La duda, hoy, es qué le sucedió durante el Mundial a la estrella del Barcelona. Tibio ante Islandia, hundido ante Croacia, pletórico ante Nigeria e impotente ante Francia, al mejor del mundo (sí, es mejor que Cristiano Ronaldo, ahí no hay discusión) le pasó en el Mundial algo que excede a lo futbolístico, pero nadie sabe aún qué es. Su desestabilización emocional llegó desde afuera, quizá incluso desde su propio país, e impactó de lleno en su ánimo en Bronnitsy, el modesto pueblo de la Rusia profunda en el que Argentina se concentró durante un Mundial que, una vez más, frustró a España. ¿Cómo? Sí, en el inicio del torneo, los españoles creían ser dueños de una historia insuperable (echar al entrenador a 48 horas del debut), pero la Argentina se esmeró y los superó con creces neutralizando a Messi en tres semanas de audios, mentiras y vídeos.

    A eso se suma el dato de que tener a Messi no es garantía, porque el entrenador que eligió la Argentina esta vez fue Jorge Sampaoli, un hombre difícil de clasificar, pero reflejo quizás de algo que observó recientemente Arturo Pérez-Reverte en una entrevista en Clarín: “Esa Argentina acogedora, culta, tierna, inteligente, viva, rápida, divertida… muere. ¡La estoy viendo morir! Veo cómo la cultura se repliega, veo cómo poco a poco el argentino está renegando de lo que le dio prestigio, que es justamente esa argentinidad mezcla de cultura, de humanidad, de sociabilidad, y me da mucha tristeza”. No lo dice Pérez-Reverte, pero se observa desde hace ya demasiado tiempo: la Argentina es un país de desesperados y desconfiados en el que se impone el sálvese quien pueda, se trate del fútbol, la política, la cultura o lo que fuere.

    Tres meses antes del Mundial, Sampaoli publicó un libro de título pretencioso (Mis latidos. Ideas sobre la cultura del juego) que terminó siendo un bumerán. En él, el ex técnico de Chile y del Sevilla se extendía en su alergia a la planificación y el sopor que le genera leer o escribir. Hay párrafos que dan ganas de llorar, por lo que es mejor reír. Un ejemplo: “Yo no planifico nada. Todo surge en mi cabeza cuando tiene que surgir. Brota naturalmente en el momento oportuno. Odio la planificación. Si planifico, me pongo en el lugar de un oficinista”. Y otro ejemplo más: “Tal vez mis charlas suenan a las de un tipo súper estudioso. Nunca fui estudioso. Ni en el colegio, ni en la facultad, ni en el curso de entrenador. Yo no puedo leer un libro; veo dos hojas y ya me aburro. Escribo tres cosas en un papel y me cansé”.

    Sampaoli, quizás precisamente por el hecho de haber vivido muchos años fuera del país, encarna con entusiasmo un cambio cultural que cruzó la Argentina desde principios de los 90, cuando el menemismo reinó y que, aun en supuestas (lo de supuestas es importante) antípodas ideológicas, el kirchnerismo profundizó. De ser un país abierto a lo nuevo y a lo de afuera, de ser un país culturalmente voraz y estimulante, se pasó a glorificar lo propio, fuera bueno o malo. Todo derivó en un concepto muy difícil de describir, la cultura del aguante, que consiste en darse apoyo mutuo más allá de lo que se haga, porque así se tiene la sensación de pertenecer, aunque no importe mucho a qué.

    Lo que quedaba del Sampaoli aguantador se derrumbó cuando el árbitro marcó el final del partido en el que Croacia goleó 3-0 a la albiceleste. Ya nadie le hizo el aguante, y en librerías de Buenos Aires apareció su libro con un cartelito mordaz: “Antes, 275 pesos, ahora, tres”. Duro final para un Sampaoli que, en la cima de su poder, fue invitado por el presidente Mauricio Macri a la Quinta de Olivos, la residencia oficial del presidente, al norte de Buenos Aires, e hizo saber que había acudido con desgano, por “obligación protocolar”. Tras la reunión, Macri comentaría en privado, asombrado, que la primera parte de la charla había consistido en un Sampaoli explicándole cómo debía gobernar. El presidente, a su vez, no dejó de repetir en los meses previos al Mundial que a Messi había que acompañarlo con dos buenos mediocampistas, no en vano fue por 12 años presidente del Boca Juniors. Está claro que el entrenador no escuchó a jefe del Estado y, tras un primer semestre en el que el peso se devaluó un 55%, cabría preguntarse si el presidente le hizo caso en algo al técnico. En todo caso, como tantas otras veces en la historia (1978 con la dictadura, 2002 con las secuelas de la gran crisis de 2001), el Mundial y las turbulencias político-económicas coincidieron en la Argentina. Con una diferencia: Sampaoli tiene un pie y medio fuera del equipo, salvo que la AFA asuma que su cláusula de rescisión es imposible de pagar. Macri, con todas sus dificultades, buscará a fines del año próximo su reelección. Lo hará tras una nueva recesión, que nadie puede saber si para entonces se habrá acabado, y obligado a reducir de forma draconiana el déficit fiscal, es decir, el gasto público. Si Macri logra la cuadratura del círculo -reelección en medio de un contexto recesivo-, alguno podría pensar que deberían incluso darle la selección. Total, por probar…

  2. la afa está que arde, ni messi puede parar esto, aunque ha tratado con todos los medios por salvarla, recuerdo el año pasado cuando les pagó el salario a miembros de la afa creo, no recuerdo, y aún hay gente que quiere echarlo de la selección cuando él le clasificó a al mundial entre otras cosas, hay que ser agradecidos, visca barca, visca messi

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