De Rossi, Ribéry, Robben: tres leyendas que se van

El Olímpico rindió homenaje a su capitán. Foto: Fox Sports
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Fuimos felices. Podíamos tener una semana terrible, pero confiábamos en ellos. Los domingos, cuando las penas llegaban al final del renglón, aparecían con el balón en una esquina de la pantalla y toda inquietud quedaba en nada: Ribéry por la izquierda con ínfulas de erudito, látigo en pierna, lanzando balones a las redes; Robben, el rey de las tropelías, danzando con guantes negros en sus manos y las piernas desnudas, maltratando caderas; De Rossi, siempre serio, seguro, metiendo la pierna o tocando con elegancia… siempre maestro, líder.

Los tres son tipos sumamente distintos y, a la vez, sus carreras están unidas por una línea común. Nunca se les pudo imponer una mancha por su actitud sobre el campo. Fueron respetados y decidieron marcharse el día que descubrieron en su rendimiento el retroceso lógico de los años, pero se fueron con la ovación estremecedora de los suyos.

Porque, al fin y al cabo, en este mundo moderno la fidelidad es una característica escasa, y los tres jugadores que esta temporada dicen adiós a los clubes de sus vidas nunca traicionaron el escudo que llevaron en el pecho.

Cuando Franck Henry Pierre Ribéry, 1,70 centímetros de estatura, comenzó a lanzar pelotazos en la cancha del Metz, muchos le compararon con el gran Robert Pirès. Era un extremo distinto. A su velocidad sumaba un regate casi indescifrable y un disparo de derecha al alcance de pocas piernas en Europa.

En 2006, con solo 23 años, ya era subcampeón mundial. No obstante, su carácter díscolo chocaba con sus habilidades. Encontró la calma en 2007 al fichar por el Bayern, y allí se convirtió en unos de los mejores jugadores de la década. A sus 36 años ha decidido marcharse y todavía en la Bundesliga muchos le temen.

Arjen Robben fue un correcaminos hasta 2009. Siempre una eterna promesa. Brilló con el PSV en sus años de juventud y luego los grandes riñeron entre ellos para atraerle. Llegó al Chelsea y luego al Madrid, pero sus destellos de calidad fueron apagados por las lesiones.

Su calidad nunca generó cuestionamientos. Por ello, faltando un año para el Mundial de Sudáfrica, emprendió rumbo a Munich y allí consiguió cumplir sus sueños de chico. Junto a Ribery conformó una de las parejas de extremos más efectivas del siglo.

Daniele De Rossi debutó en 2001 con la Loba y “solo” 18 años después ha logrado desprenderse del espíritu del Olímpico. Eterno compinche de Francesco Totti, jerarca del centro del campo más importante de la selección italiana después de 1982, nunca nadie tendrá el valor de reprocharle nada frente a frente.

Dejó la mitad de su vida sobre las canchas del Calcio y en cada estadio ganó el cariño de la gente. Cuando se hable de los campeones mundiales de 2006, junto a Pirlo, habrá que mencionar su nombre. Andrea era magia; Daniele, sacrificio.

Ribéry representa el empuje y Robben la chispa. De Rossi es el capitán que nunca podrá apartarse del brazalete giallorosso. Costará verles vistiendo otra camiseta distinta a las de siempre. En el Allianz de Bavaria las bandas nunca serán lo mismo. En el círculo central de la vieja Roma faltará el rostro áspero que indique el camino.

Día tras día salen de las canteras cientos de jugadores talentosos; pocos llegan a la élite. Les falta clase, entrega, pasión por el deporte, amor por un escudo. Les falta parecerse al menos una pizca a Arjen, Franck o Daniele, las leyendas que se van. Seguirán deleitando con su fútbol en otra parte. Pero ya no será igual. Aquellas tardes de domingo nunca regresarán.

medium.com

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