Mourinho: Sismo en el norte de Londres

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José Mário dos Santos Mourinho Félix sentía en el silencio de su hogar la impotencia de un ser cautivo. Añoraba los gritos y los cánticos, los silbatos, las tibias estallando en golpes contra tobillos y la ira de decirles en la cara a los cuartos árbitros que son unos mal nacidos y que las dignas señoras que le dieron a luz no merecen tenerlos por hijos. Aunque sea mentira. Aunque solo quiera meterles en el cuerpo la incomodidad subjetiva de un posible error. Porque el bueno de Mou, hombre tranquilo en apariencia, escarba tantos detalles que en 90 minutos puede convertir puerilidad en trascendencia.

En su nueva casa, pudo por fin expulsar la furia contenida de tantos meses sin fútbol. “Nunca me iría al Tottenham”, dijo en 2015, para cuatro años más tarde, quizás en un minuto senil de su conciencia, darle el sí al presidente de los Spurs nada más sentir el teléfono y ver en el contacto el nombre de Daniel Levy. Tanta era la zozobra lejos del césped, que asumió el puesto de Mauricio Pochettino pese a los escasos kilómetros que separan al nuevo White Hart Line de su siempre querida Stanford Bridge.

Ha vuelto Mourinho y solo su presencia al pie de la línea de cal –con victoria incluida– convierte en noticia despampanante un mero fichaje, como si importara más su figura que el 4-2-3-1 típico con que inauguró su presencia en el norte de Londres, o la superlativa actuación de Heung Min Son.

Ha sido poner un pie The Special One en la Premier y a su alrededor está montada nuevamente la parafernalia “mourinhista”, transgresora del simple hecho futbolístico, persecutora de sus ocurrencias y dislates, detractora de sus altanerías y trifulcas.

Es evidente que Mou echaba de menos las luces y el sonido de los obturadores arañándole el rostro. Ha confesado alguna vez, cuando el discurso directo y huraño ha sido resquebrajado por algún sentimiento inquieto, que el fútbol es su vida. Y la gente también lo necesitaba, porque incluso en este círculo convulso de ligas y mercados y tramas inagotables, viene bien un señor con la cordura agujereada, con la lengua cortante y el valor para decir lo primero que le viene a la cabeza importándole un bledo las consecuencias.

Una declaración de intenciones pudo ser el doble pivote empleado en la medular con Dier y Winks, cuya simple presencia instaura un sistema sólido en la parte de atrás, listo para aprovechar la rapidez en bandas. Los equipos de Mourinho suelen morder en tres toques. Como fieras sumisas, simulan obediencia y al primer descuido sacan el látigo del contragolpe. Los puristas lo llaman juego áspero. Quienes admiran la belleza del fútbol en todas sus versiones aplauden el rechazo al mimetismo y la amplia cartera de variantes. Cuestión de gustos, desde luego.

Es todo un personaje José Mourinho. A veces, cuando uno le ve sonreír, intenta alejar los prejuicios para no adjudicar a ese señor de cabello níveo la autoría de algún dislate. Pero qué va. Resulta imposible. Porque es que ni cuando gana, el hombre ríe de verdad. Suele gritar, correr, encarar. En sus días buenos, inventa un rictus, saluda y felicita con dudosa cortesía. Uno ve sonreír a Mourinho y decide abrocharse el cinturón ante el advenimiento de un terremoto. Tan impredecible es. Y tan necesario. El terremoto está de vuelta.


Tomado de cubadebate.cu

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5 comentarios

  1. A MI DE VERDAD ME GUSTA MUCHO MOU, OJALA VOLVIERA A SER TECNICO DEL MADRID DE NUEVO ES Q SE MERECEN UNO AL OTRO, LOS 2 SON MEDIATICOS
    SALUDOS HALA MADRID

    • Compadre de verdad que él ha ganado bastante y todo eso pero al menos yo no lo quiero de vuelta en el Madrid, que se quede por allá, si va a venir algún otro que sea Klopp.

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